Santos Beningno Laciar, el pequeño gran cordobés que logró quedarse con el título mundial de Peso Mosca al vencer en Sudáfrica al local Mathebula. La crónica de una conquista histórica para el boxeo argentino.
Hay un sonido, un color y un sentimiento alojados para siempre en mi alma. Trato de empezar y no puedo: quiero volver atrás y es inútil… Hay un hombrecito de sonrisa apenas perceptible que invade el antes y el después. Que está en cada uno de los momentos de aquella vigilia excitada y de este eufórico presente. El hombrecito dulce y simple llegó al camarín envuelto en la Bandera Argentina, se la quitó, la dobló, la dejó apoyada en uno de los bancos, se subió a la camilla de masajes, dejó que la cabeza le colgara a partir de la nuca, llevó las dos manos al pecho, entrelazó los dedos y comenzó a darse cuenta de lo que acababa de ocurrirle: YA ERA CAMPEON DEL MUNDO Y SE LO DECIA, EN VOZ BAJA, A SU MADRE. «Mamita —comenzó balbuceante— mamita, lo conseguí, lo conseguí, es para vos, es para vos…». Las lágrimas llenaron su cara de triángulo opuesto. El vestuario estaba lleno de argentinos. Pocos le escuchábamos. Como siempre, hablaba bajo, casi para él. Pero en aquel llanto estaba la síntesis de todo: primero se gana, después se llora; primero hay que endurecerse, después ablandarse. Santos Benigno Laciar supo hacer cada cosa en su momento y cuando llegó el día de la pelea aquel hombrecito se transformó en gigante. Un ejemplo cronológico de su evolución a través de frases dichas por él mismo durante la semana:
Lunes 23, después del gimnasio: «Hoy anduve bien, pero tengo que andar mejor».
Martes 24, al regreso de una exhibición ante 5.000 mineros en Orkney, 165 kilómetros al NO de Johannesburgo: «No me siento fuerte, no sé lo que me pasa».
Miércoles 25, durante la cena: «Si yo tuviera un poquito de potencia, a ese negro lo pongo nocaut».
Jueves 26, después del footing y en plena campaña de todo su entorno por levantarle la moral: «Hubiera podido seguir corriendo 3 kilómetros más, estoy otra vez con aire».
Viernes 27, en su pieza, alrededor de las 7 de la tarde: «Estoy bárbaro, quédese tranquilo don Cacho (a Francisco Giordano) que voy con todo, estoy al pelo».
Sábado 28, día de la pelea, a las 6 de la mañana a su entrenador Horacio Bustos: «Pensar que hoy voy a ser campeón del mundo, ¿qué grande no?, le voy a arrancar la cabeza a ese negro, ya vas a ver…».

Santos Benigno Laciar frente a Peter Mathebula.
De la frase pasamos a la anécdota: mientras Malvares le ganaba por demolición a Gwiji, Laciar terminaba un partido de truco con Bustos, totalmente concentrado en la forma de sumarse los tantos. Faltaban 30 minutos para el combate. En ese momento Bustos tenía 80 pulsaciones por minuto y Laciar 70: estaba más tranquilo el boxeador que su técnico. Y este proceso fue general. Cuando llegarnos a Sudáfrica la pelea era dura. Cuando vimos el video tape de Mathebula contra el coreano Tae Shik Kim la pelea era dificilísima. Cuando visitamos Soweto y hablamos con la policía, el clima que rodearía al combate seda de altísima presión. Cuando empezaron los llamados anónimos amenazantes, el microclima de la delegación agregó una preocupación más. Para colmo Lectoure había trazado un esquema de trabajo tan exigente que Giordano, el hombre que junto a Bustos han manejado el despegue de Laciar y que lo conoce mejor que nadie humana-mente, le pidió una reunión para plantear sus dudas. Giordano decía que Laciar no estaba acostumbrado a trabajar fuerte. Lectoure le explicó en la vereda del hotel que quince rounds exigen más que diez y que no se preocupara ya que al entrar en la semana del combate (la charla se realizó el martes 24 a las 22 horas) el ritmo seria decreciente. Giordano, promotor de Villa Carlos Paz, un hombre inteligente, hábil y desconfiado, veía que había cada vez más Lectoure en la vida de Laciar. Más que eso, advertía con afecto paternal que su pupilo no estaba todo lo bien que él quería que estuviese. Lectoure y Giordano se pusieron de acuerdo y se continuó con el plan de entrenamientos pre-visto. Bustos, ex boxeador, gran mu-chacho, trabajador, tímido, de gran ductilidad para convivir, se confesaba conmigo cada mañana, pues mientras los boxeadores daban tres vueltas de dos kilómetros y medio alrededor del Zoo Lake Park, nosotros —en el mismo tiempo de 36 a 38 minutos— hacíamos solamente dos. Me di cuenta que Bustos se quedó tranquilo sobre el estado de su muchacho después del miércoles 25: «Le puedo decir ahora que Falucho va a llegar al pelo», me confidenció el jueves 26. La llegada del doctor Paladino fue funda-mental. En el idioma más directo y a través de anécdotas de peleas y personajes del pasado lo fue convenciendo a Laciar de que él no padecía de ningún problema físico, que lo suyo era una cuestión sicológica. «Si querés andar bien vas a andar un fenómeno, si te dejas caer, chau, moriste». El otro médico que compartió la delegación es el doctor Mantegazza de Villa Carlos Paz. Nunca se metió en profundidad profesionalmente, fue un respaldo para Laciar y también para Giordano, de quien es gran amigo. Sin hacerlo muy visible, Mantegazza siempre estuvo presente en las reuniones entre Paladino y Laciar. Por lo general trató de hablar poco y sobre todo oficialmente, pero el jueves, a dos días de la pelea me dijo: «La llegada de Cacho (Paladino) cambió todo; dio vuelta al chico». En realidad lo que había hecho Paladino fue moralizado permanentemente. Algo así como un lavado de cerebro. Manejarlo con más habilidad que Tito, el hombre de los «gritos y el rigor» y darle menos dramatismo al compromiso que el que le transfería Giordano, quien llegó a consumir más de 50 cigarrillos diarios.

